Situada en 1935 en una pequeña ciudad sureña de Tidewater, Virginia, la historia de Shadrach nos la narra Paul Whitehurst, ahora ya un adulto, recordando aquellos tres días de un verano en el que él tenía diez años y empezaba a iniciarse en las materias de la vida, la muerte y el triunfo del espíritu humano. 

Hijo único de una respetable familia de clase media, la solitaria existencia de Paul se ve iluminada por las sesiones de cine a primera hora de la tarde (las matinées), el beisbol y las canicas y se ve ensombrecida por la muda enfermedad terminal de su madre. Siempre que puede, Paul se escapa a casa de los Dabney, una humilde familia que vive en las afueras de la ciudad, en una destartalada casa, rodeada de maquinaria oxidada, de una amplia variedad de animales de granja y de un montón de chicos desaliñados que acostumbran a estar desparramados sobre el desvencijado mobiliario en los calurosos días de verano. 

En la pared del salón de los Dabney, cuelga medio torcido un retrato de la antigua plantación de sus antepasados, recordando mejores tiempos para aquella familia. Los Dabney procedían tiempo atrás de un aristocrático linaje. Pero, primero, la Guerra de Secesión y ahora la Gran Depresión han conducido a esta familia a tiempos más duros. El patriarca, Vernon Dabney, un alma emocionalmente inflamable, acusa a F.D.Roosveelt  de su empobrecimiento y se dedica a vender licor de contrabando para poder llegar a fin de mes. Su práctica esposa, Trixie, supervisa su amplia prole con su cálido corazón y una omnipresente botella bien fría de Pabst Blue Ribbon. Los tres hijos de la familia, Mole Pequeño, Mole Mediano y Gran Mole, así como las tres hijas, no tienen demasiadas esperanzas sobre el futuro familiar. Por contra, para Paul, la familia Dabney no podía ser más interesante.

Un caluroso día de verano, mientras Paul y Pequeño Mole están jugando a las canicas, Shadrach, un antiguo esclavo de noventa y nueve años, aparece en el patio de los Dabney. Propiedad y posteriormente vendido por los antecesores de los Dabney, Shadrach ha venido caminando desde Alabama hasta aquí para poder morir en la plantación que recuerda de su ya perdida niñez. Es su único y último deseo, pero también tiene derecho a ello, porque Shadrach siente que él también es un Dabney. Vernon se ve obligado a llevarle a ‘su hogar’ para que muera allí. 

Para Vernon Darby, orgulloso, pragmático y temperamental, la repentina aparición de Shadrach y la posibilidad de que existan parientes Dabney negros le saca de quicio. Vernon no está ni psicológica ni económicamente preparado para poder aceptar ese último deseo del anciano y  se enfurece con la inmediata e incomprensible adoración que su mujer y sus hijos sienten por Shadrach.

Para Trixie y su abundante descendencia, Shadrach constituye una curiosidad y una causa de celebración. Siendo también él un niño a su manera, por sus rarezas de viejo y su forma de ser, logra hacer salir a la superficie todo el amor, empatía y cuidados de los Dabney, en su búsqueda del lugar correcto para morir con dignidad.  

Para Paul, Shadrach encierra los misterios de la vida y de la muerte y le proporciona una perspectiva del papel que lo racial jugaba en la mente de niño blanco del Sur anterior a los derechos civiles.

Finalmente, un desolado Vern se ve obligado por su familia a hacer honor al deseo de Shadrach, lo que ocasiona una divertida y desgarradora expedición a la vieja plantación, ahora en ruinas.

A ratos  cómico y a ratos conmovedor, el relato avanza hacia un desenlace agridulce. A veces, Shadrach parece inmortal. Aunque débil, pero nunca totalmente acabado,  parece un ser que no puede morir, a pesar de su preparación y empeño en hacerlo. El sueño de Shadrach de que se le entierre en Dabney,  tiene todos los visos de frustrarse cuando Vern se entera de que internarse en una propiedad privada constituye una violación de la ley. Parece como si el ruinoso lugar de nacimiento de los antepasados del apesadumbrado contrabandista no valiera ni para morir. 

Pero, haciendo frente a su pobreza, su propia intolerancia y la aparente interminable mala suerte, Vernon Dabney decide hacer lo correcto por Shadrach, un ser humano que atañe no sólo a la familia Dabney sino también  a todos nosotros.

Al final de la historia, Paul nos explica que la muerte de Shadrach no disminuyó en modo alguno el dolor por la muerte de su propia madre. Pero, gracias a su amable tono de comedia e infinita reverencia, la historia de Paul le ayudó a él, y a nosotros mismos, a admirar el potencial sin límite de la compasión humana y la conexión que puede haber entre nuestras vidas en cualquier tiempo y lugar.